Con gafas negras

Ahí estaba yo. Con mi cara de pensar y algún kilo de más. Aquella camiseta ya no existe; las gafas, las más grandes que he tenido nunca, tampoco. Eran estas últimas perfectas para el camuflaje, o eso pense al ver las cámaras enfocando a la fila de personas en la que me encontraba, pero resultó que en un plano sostenido de agencia servían muy bien para enseñar tristeza. A ver, algo de nostalgia había, pero era una cuestión platónica y secundaria, ya que mi misión era puramente laboral. Las televisiones replicaron aquello y yo no pude hacer nada más que explicar a la gente que me llamó que había ido a cubrir la capilla ardiente de Antonio Vega. Lo que no sabían es que un año y poco antes había hablado con él un rato. “Paso más tiempo dentro de mí mismo que fuera”, me dijo. Lo entrevisté junto a su primo, Nacho García Vega, por aquel Tour 80-08. Reiniciando, algo breve y promocional. Melenón y cara consumida, sin pestañeo en las preguntas y con argumentos en las respuestas. No soy mitómana, nada de nada, pero ahí pedí una firma contraviniendo mis propias creencias. Esto ha ocurrido tres veces en mi vida: las otras dos, creo recordar, con Iñaki Gabilondo y Gomaespuma. Me acuerdo perfectamente de la habitación del hotel de Las Letras y de la foto en la ventana, hecha por Jorge París. Me habría quedado un lustro. En todo eso pensaba en la cola para entrar en la sede de la SGAE, donde fue la capilla ardiente. Después vinieron las palabras de José Ángel. Hoy se cumplen seis años de la muerte del cantante y compositor madrileño. Y de paso, apostillo a Héctor.

El señor de Oviedo

“Pues va a tener usted razón”, asumí. El hombre sonreía a mi lado mientras apuntaba en una libreta dos números, uno encima del otro. Eran los kilómetros por hora del tren. Una era la velocidad normal, la esperada; la otra, la máxima. 249, creo. Entendía de maquinas un rato, aunque fuera la primera vez que montaba en esa. Así que clavó la cifra y se lo alabé. Sonreía.

Le había tocado sentarse conmigo, una extraña. Los otros cuatro que lo acompañaban, un hombre y tres mujeres, hablaban sin parar una fila más allá, enseñándose fotos en un móvil y comentando el paisaje en cuatro asientos enfrentados. Él se había excluido sin discusión posible, cediéndole la charla a su esposa. No parecía incómodo por la situación.

Guardó de nuevo la libreta y el bolígrafo en el bolsillo de su camisa. Se dirigían a una boda en Oropesa. “A mi me da igual, yo voy por compromiso”, me soltó. Su fascinación por la capacidad del tren tenía una cara oculta: él había propuesto coger un avión, pero “ellas” habían decidido que no. “Yo no mando”, reconocía con la mirada. Si se lo hubiera pedido, se habría bajado conmigo en Madrid.

Me contó que estaba jubilado y que había trabajado 40 años en una mina, de vigilante. Intenté buscar en su rostro los efectos de aquello; pero nada. Yo, que tenía un auricular colgando de mi oreja izquierda, dejé el otro descansando sobre mi hombro, entre responsable y curiosa por la conversación. El señor, de Oviedo, intentaba cubrirse los pies helados por el aire acondicionado.

Estaba acostumbrado al frío, aunque todos los noviembres volviese desde El Bierzo a Asturias para pasar el invierno. Tenía descendencia en Madrid, reveló. Todo galantería, se disculpó por utilizar el brazo compartido del asiento más tiempo del necesario justo antes del parte informativo: “Eso debe ser Guadarrama”. Se le veía aliviado a pesar de las más de tres horas que tenía por delante.

Sentí de repente un toque en la mano. La esposa, desde la fila más allá, había abierto su bolso y sacado un puñado de caramelos. Yo decliné la oferta con toda mi amabilidad disponible, pero él tomó entonces la iniciativa con un “venga, son de café”. Acepté, “para después de cenar”. Quedó conforme. Y yo.

Navidad, dulce Navidad

Aún no ha sido siquiera imputado el duque de Palma y si no le declaran culpable de algo esto va a ser el acabose. Se ve venir. Cuantas más portadas le dedica El Mundo a Urdangarin, más le dedica La Razón al rey. Parece que estén compitiendo, lanzándose órdagos. En cualquer caso, tanto suegro como yerno habrán de hacer algo pronto con sus respectivas imágenes para recuperar la gracia de aquellos que desde sus casas observan el culebrón. Cambiar de jefe de prensa, cambiar de bufete de abogados o cambiar de familia. Quién sabe.

Me atrevo a decir que el discurso de Nochebuena tendrá ya no un share de escándalo, sino una audiencia futbolera. Esta vez no habrá zapeo. Y aún diría más, el tema será TT, FB y todo aquello susceptible de convertirse en noticia al día siguiente. Habrá análisis sesudos, trolls de moda (de los de toda la vida), guiños esperados y no satisfechos y neutralidad en el escenario. Es decir, un mensaje grabado con contenido previsible y supuestas señales subliminales ocultas acaparará nuestra atención. Vamos, nada nuevo en televisión. A menos que las últimas fusiones nos deparen sorpresas extrañas.

Con un ojo en el aparato y otro en el jamón estarán a esa hora los ministrados celebrando el ascenso, a menos que Rajoy prefiera las ascuas a coindidir con la Lotería, que todo es una posibilidad en esta vida. Resuelto, eso sí, dejará el debate de investidura con alguna nueva que deje (obligatoriamente) en el pasado las condecoraciones, los indultos y el resto de remates con exceso del anterior Gobierno. El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra del Espíritu Santo. Mientras en Europa siguen concibiendo, aquí hacemos lo que podemos, oiga.

Dios tiene mejores cosas que hacer, entre encontrar su partícula y velar por lo que ocurre en Egipto, Siria, Bahrein y demás, ya que nadie lo hace, sea por (falta de) interés o sentido común. Time eligió bien su última portada, muy a pesar de los fans de Steve Jobs que, también muy a su pesar, venderá como nunca esta Navidad. ¿Será el de Apple el primer anuncio de 2012? ¿Llevarán ciertas empresas el visaje indignado al clímax de la publicidad? Sin saber nada aún, deberíamos estar hablando ya del primer tuit patrocinado del año.

Propongo una marca de cava y una foto de instagram

Subidón, subidón

El Consejo de Ministros debería tener un Black Friday. Digamos, el día después del Debate del Estado de la Nación. Para aprobar todos esos reglamentos pendientes que nunca viene bien abordar (a pesar de estar pactados), con un 50 % de descuento y la atención mediática puesta en otro sitio. Estaría bien que ese día el portavoz gubernamental de turno hiciera un dos por uno en declaraciones, por el mismo precio. “No me ha preguntado usted sobre eso, pero yo le voy a explicar por qué ha habido diferencias irreconciliables en la deliberación de esta reunión”. Las rebajas, me temo, no llegarán a la mesa. De hecho, tiene pinta de que toda la estancia vaya a sufrir el severo toque de la austeridad: muebles (des)montables, bics en lugar de estilográficas, cuadros indescifrables donados por el autor, etc. Tiempos duros.

No obstante, creo que desde que Bryan Ferry se viste en cierta cadena de ropa la prima de riesgo se ha relajado. Los ojos claros anestesian, Merkel bien lo sabe. Muy sola se está quedando en el enroque fiscal, mirando desde arriba a los que somos bajitos. Esta será, de nuevo, una semana crucial para Europa (y van…). Los que mandan hablan de “refundación”, lo mismo que algunos piden para la SGAE y otros para el PSOE. Esperemos que refundarse no signifique cambiar de funda: el miraguano será el mismo y no habrá nada que hacer. Eso esperamos también de cierto grupo parlamentario nonato. Otra mesa, la del Congreso, tiene un papelón en los próximos días con la flexibilidad y sus nudos. Por mucho que les pese a UPyD y a Pons, las normas son iguales para todos una vez que te han dejado jugar.

El (supuesto y muy condicional) arbitrio sienta precedentes que pueden en el futuro generar consecuencias no deseadas. Lo mismo te encuentras después con una cabalgata indignada en la calle o una protesta de los llamados tuiteros (¿dice alguien facebookeros?). Siempre, eso sí, después de una semana, simulacro de la Navidad, en la que los días festivos nos harán desear que no haya mañana. Mañana, tras las lágrimas de una ministra cualquiera, puede que el SMI sea de 0,75 euros y las putas y los periodistas compartan posts y más. Subidón, subidón.

Lemas para chapas (II): Wikileaks

#cablegate

Pues sí. Yo leí los cables; no todos, pero sí muchos. Y creo que, aunque nos llegaran después que a los cinco (periódicos) elegidos por Wikileaks, fue una oportunidad única. “Por un golpe de suerte hemos tenido acceso a los papeles”, dijo Arsenio Escolar el pasado mes de enero en una reunión a la que fuimos convocadas diez personas. El diario noruego Aftenposten, también del grupo Schibsted, se hizo con los telegramas gracias a una “filtración de la filtración” (así se nos dijo) y nos los cedió. Esto no gustó demasiado a Julian Assange, porque no podía meter mano en el sistema de publicación de contenidos; nuestros colegas decidieron por su cuenta cómo, cuándo y de qué manera difundirían las informaciones tras haber trabajado en ellas. Fue un reglamento auto impuesto que nos exigieron seguir también a nosotros. Muy estricto, por cierto.

Las gestiones, in situ, las llevó Virginia Pérez Alonso, directora adjunta de 20minutos.es. Se fue a Oslo en cuanto vio hervir el agua. Allí estuvo unos días escrutándolo todo, haciendo una labor concienzuda de criba y esquema que nos facilitó mucho el trabajo a los que después tuvimos que rascar. Tenía que ir a la sede del diario noruego para estudiar todo el material, ya que no le estaba permitido sacarlo de allí bajo ningún concepto. Los controles, exhaustivos, le impedían llevar su propio ordenador o cualquier aparato de almacenamiento de datos. Tomó muchas notas. Cuando llegó a España con los papeles, guardados con todas las precauciones, puso a los desarrolladores de nuestra web a elaborar una base de datos para clasificar y poder hacer búsquedas por fechas, palabras, etiquetas y varios criterios más. Mientras tanto, empezamos a leer.

En la redacción (que acoge a 20 minutos y 20minutos.es) nadie sabía nada. Tras la reunión mencionada, el equipo de soporte comenzó a preparar una sala a la que solo podría pasar gente autorizada. Era, con cariño, el ‘mini bunker’. Nosotros somos los que somos y no tenemos infraestructuras colosales, pero el protocolo sí podemos cumplirlo. Para entrar había dos llaves; en el interior, varios ordenadores con red independiente de la del resto de trabajadores. También una caja fuerte. La rutina era la siguiente: pedir la llave, entrar, cerrar; abrir la caja fuerte, sacar el material necesario; teclear la contraseña del sistema y empezar. La base de datos también tenía contraseña. La habitación no tenía teléfono, los ordenadores no admitían conexión a Internet -se nos habilitó una forma alternativa para poder navegar- ni un triste CD de música. Mi escritorio virtual mostraba apenas media decena de iconos; con lo que yo soy.

Nada podía salir de allí ni imprimirse. Todo lo utilizado, como cuadernos, documentación adicional, etc., debía quedar guardado en la caja. Otra contraseña más. Se hacía complicado a veces retener tantas combinaciones de cifras y letras en la cabeza, sobre todo porque iban cambiando según pasaban los días. Durante las dos primeras semanas de trabajo, además, no podíamos contarle a nadie qué estábamos haciendo cuatro personas encerradas en el habitáculo ni por qué nos habían semi apartado de nuestras funciones. Era divertido escuchar las teorías de los compañeros. Lo mejor de todo, sin embargo, era que todos lo llamaban, al ser secreto e inconfesable, “Wikileaks”. Se lo llegaron a preguntar a Arsenio en una de las reuniones de contenidos: “¿Nos vais a contar ya de qué va eso de Wikileaks?”; él pensó que alguien se había ido de la lengua. Pero no.

Cara B y background

La exclusiva de ‘los cinco’ estaba muy reciente. Creo, sinceramente, que los que empezamos a buscar en los cables no esperábamos encontrar grandes revelaciones. Pensábamos: El País tiene que haber repasado esto al milímetro; además, tienen dedicados a esto diez veces más en personal y en recursos. Aunque, repensamos, también tiene sus intereses y sus lagunas, como todos. Estaba asimismo reciente el ninguneo de cierta competencia a lo publicado por el diario de Prisa y su web. Me pareció mal, pero comprobé después que eso no es patrimonio de unos pocos cuando a nosotros nos hicieron exactamente lo mismo; por gratuitos (solo en papel, que yo sepa). Pero lo logramos, hallamos información aún inédita después de todo lo llovido, empezando por el tema de salida, el del topo que impidió otros 11-M en Barcelona. El 8 de febrero.

Muchos amigos y conocidos me preguntaron en su día cómo buscábamos la información. Depende. Al principio, nos guiamos por una lista de temas inaplazables: ETA, terrorismo islamista, ley Sinde, economía, etc.; después, hacíamos búsquedas por asuntos de actualidad y por cualquiera que se nos ocurriese (‘jugábamos’ a teclear nombres y sucesos). Además, pedimos a los lectores que nos sugirieran sus propuestas, como hizo The Guardian con el “You ask, we search”. En muchas ocasiones nos topábamos con una pista que seguir y dábamos con algo jugoso. Fue lo que me pasó a mi con Ruanda. Pasamos horas y horas metidos en la sala, leyendo (en inglés), comprobando términos y haciendo anotaciones. Éramos como unos atípicos ermitaños: estábamos en una redacción y casi no nos enterábamos de lo que ocurría en el mundo. El aislamiento hizo mella y al cabo de unas semanas empezamos a ‘decorar’ las paredes que nos rodeaban, para no sentirnos tan solos.

Artículos de Wikileaks en '20 minutos'.

Comenzamos a pegar con celo los artículos que íbamos publicando en papel, arrancando las hojas correspondientes de la edición del día. Pero eso no fue todo. En la habitación había una pizarra blanca en la que empezamos a hacer dibujos, colocar los temas pendientes o escribir chorradas, por qué no decirlo. Cuando me quedaba sola -no siempre estábamos todos juntos-, yo incluso terminaba hablando con el ordenador y escribiendo en mi libreta compulsivamente. En serio, como en Naúfrago. En grupo, y a pesar de estar cada uno en una cosa diferente, nos partíamos de la risa comentando en voz alta la incontinencia verbal de ciertos individuos(as) que no hacían sino alardear de lo lindo ante el personal estadounidense, pero también fruncíamos el ceño al unísono por la sutileza (o no) con la que la delegación extranjera pretende ejercer el control.

Es interesante identificar las maneras de redactar de cada miembro de la embajada, sus tics y matices cuando trasladan lo escuchado al papel. A qué cosas les prestan atención, quién les cae bien, cómo detallan chascarrillos y qué valoración (a veces personal) realizan de las situaciones. Tirar del hilo en algunos asuntos fue, desde luego, muy entretenido. Mucho de lo que encontrábamos ya había sido publicado, de una manera u otra; algunas cosas nunca las pudimos completar por falta de cables de otras embajadas. Una pena. Por otra parte, había temas que, aunque no constituían una noticia en si mismos, sí reflejaban la cara B de ciertos procesos en instituciones internacionales o sobre las relaciones bilaterales entre países. Todo esto nos ha aportado cierto background, útil en el futuro, a los que hemos escrito los artículos.

De la misma manera, nos previene sobre maniobras y personas y nos recuerda que la información hay que trabajarla. En este sentido, nuestro modus operandi incluía un estricto cuidado hacia las fuentes (hemos ocultado muchos nombres en los cables que hemos hecho públicos) y, en la medida de lo posible, un contraste máximo de los datos. Ha habido alguna historia delicada que no ha podido ser revelada por motivos de seguridad y otras que a priori prometían turbulencias y que luego se quedaron en nada. Siempre hay que tener en cuenta, claro, que estos telegramas diplomáticos cuentan una sola versión de los hechos, y por partida doble: por un lado, hay que ser consciente de que es EE UU el que habla; por otro, desconocemos totalmente si tenemos en nuestras manos todos los papeles que son o si nos ha llegado una selección escogida. Eso nunca lo sabremos (o sí).

La punta del iceberg

Los amigos de las conspiraciones consideran la filtración a Wikileaks un movimiento interesado para tapar realidades mucho más severas. Para algunos, el soldado Bradley Manning, supuesto culpable de la revelación de secretos, es en realidad un chivo expiatorio. Lo que sí es cierto es que los telegramas constituyen sólo una pequeña parte de la información que mueve la Administración estadounidense: estos son los cables que las embajadas envían a EE UU, pero existen unas respuestas a esos cables, comunicaciones entre las distintas agencias del Gobierno, de la Casa Blanca con varios interlocutores, etc. Y aun así, nos hemos llevado las manos a la cabeza con las (intuidas) tácticas diplomáticas y las servidumbres políticas que funcionan sin que nadie dé cuerda al mecanismo global. Todos saben qué tienen que hacer.

Hace muy poco que publicamos el último artículo y ya nos parece cosa del pasado. Todos están (estamos) esperando a lo siguiente (dossier de Guantánamo aparte) sin haber casi procesado la información o analizado su alcance real. ¿Nos la hemos leído toda? A pesar de los esfuerzos ímprobos de los periodistas involucrados, no lo creo. La impresión general sobre lo sucedido es aún liviana, y hablo de la gente corriente, la que no ha entrado en la web de Wikileaks para echar un vistazo a los cables liberados y prefiere (para eso estamos) una lectura en diagonal resumida, explicada. Puede que haya sido mucha información de golpe. Pero qué digo, si todavía hay medios de comunicación publicando informaciones; si Wikileaks ha decidido tirar de crowdsourcing mientras suelta estos días decenas de miles de papeles (algunos ya conocidos). Nos viene grande a todos. Por eso el ciudadano, con excepciones, decidió desde el primer día quedarse con lo local, con lo cercano.

¿Y los informadores? Encantados hemos estado con que la montaña se precipitara de repente sobre Mahoma y nos frotamos las manos con la anunciada fuga bancaria, ya en manos de los receptores de secretos internacionales, según fue representado ante las cámaras en su día. Este asunto nos sobreexcita a pesar de contar a diario con historias de igual o más importancia, según los casos. Porque no todo merece una portada, aunque nos parezca lo contrario. A la hora de publicar los artículos, 20 minutos y 20minutos.es se complementaron, más que nada por el espacio disponible para hacer públicos los cables. Los temas se iban poniendo en común, perfilando y descartando casi a diario en una asumida contrarreloj, ya que Assange había revelado que haría llegar todos los documentos a más intermediarios de todo el mundo. Y así ha sido.

¿Consencuencias? No han llegado a término, creo, aunque aquellos aludidos que deberían sonrojarse se han quedado con la media sonrisa. Y eso que algunos de nosotros sabemos algo más sobre ellos. Los que hemos leído los papeles. Los de la chapa.

Lemas para chapas (I)

“Muy fan de Wendi Deng”. Sobre todo tras la demostración de reflejos y rabia contenida hacia el tipo que quiso embadurnar la cara de su marido con espuma de afeitar en la cámara de los comunes. Apuesto a que algunos de ellos (los comunes) lucirán el mismo emblema en la próxima sesión en alguna parte de su atuendo británico. El futuro, señorías, no pasa por Google+ o las peleas tuiteras en el barro, palomitas mediante. El futuro pasa por la concisión, las declaraciones de principios y por ir de frente con la sonrisa irónica en la boca. Pasa por regresar a la cultura chapera (no se me alteren) y explicar nuestra idea natural del mundo. Nada de 140 caracteres o una descripción espinosa en el perfil, hace falta mucho menos.

Yo ya tengo varias frases para trasladar al metal y mostrar en la solapa en colores vivos y sugerentes. Podrían organizarse por categorías o bien ponerles nombres, como a las habitaciones de un hotel (pienso ya en una multinacional, en el modelo de negocio de marras). Por ejemplo, la ‘chapa Iñaki Gabilondo’ rezaría “Yo soy formidable”. Él mismo debería llevarla. POR la amabilidad y el toque cercano, digo. A los políticos, por ejemplo, les vendrían bien expresiones rimbombantes como “Yo soy muy de hipérboles”, que mi compañero y amigo @20Hitcombo ha donado para la causa. @masaenfurecida hasta podría hacer algo de pasta con sus mayúsculas sentencias, aunque ahora que el colectivo de a uno concede entrevistas quizá pierda la capacidad de síntesis. Veremos.

Se pondrán de moda, por eso quiero adelantarme. Y porque veo que @conrubalcaba amaga (“Escuchar, hacer, explicar”) aunque sin centrar el tiro (yo es que optaría por “Alejo Estivel me compone” o “Como mola mi web”). El sello para medios y periodistas del latente #sinpreguntasnohaycobertura se acercaba también al concepto. Incluso Barney Stinson y su profético “Suit up”, tan apropiado para los tiempos chaqueteros que corren: podrían ponerlo como mosca televisiva en las próximas retransmisiones de discursos institucionales valencianos, así podríamos llamarlos chapas catódicas, en general. Pero personalizar o distinguirse, sin embargo, es triunfar (lo del nicho, de toda la vida). Por eso voy a dedicarme un par de lemas.

Uno, al margen de cualquier manifiesto, libro oportuno o pancarta, simplemente diría aquello de “Yo estuve en #acampadasol”. Es una manera de expresar a los que no palparon el asfalto en las asambleas infinitas o decidieron curiosear en la distancia que aquello fue real. Que es real (atentos a este fin de semana). El otro, con el mismo cariño, gritaría eso de “Yo leí los cables de Wikileaks”. Un ejercicio del que disfruté y con el que acabé exhausta. Otra vez. Digamos que en un hipotético test de vanidad para informadores esta doble reivindicación quedaría en un término medio, sin traspasar la línea del ego, ni la letra B. Voy a intentar, en los próximos días, desarrollar ambos lemas en sendos posts que llevo retrasando semanas. Pero sólo voy a intentarlo.

Estoy reflexionando

Estoy reflexionando. Lo hago después de cinco días trabajando y empapándome de #acampadasol. No he tenido tiempo para pensar, sólo para actuar. Muchos han creído que la sociedad lleva demasiado tiempo dándole vueltas a las cosas sin reaccionar, de ahí que haya prendido tan rápido la llama del #15M. Algunos se niegan a llamarlo movimiento, otros recelan de su supuesta alma de (ultra)izquierda. Lo que yo he visto, in situ, es un grupo heterogéneo de gente cansada del sistema que ha encontrado la oportunidad de demostrar que tiene algo que decir, aprovechando la cercanía de unas elecciones y el momento actual.

Nunca es tarde, de acuerdo, aunque hacía falta algo así, que terminara con el impasse intergeneracional, sobre todo porque la tibia resaca transicional (de Transición) dejó a unos cuantos con interrogantes sobre sus cabezas a pesar de la llegada de una Democracia con mayúsculas. Eran ganas acomodadas lo que había, un empacho tras tragarse sin pudor los desmanes del poder, sobre todo del económico, que es el que manda sobre todos los demás. No se trata de reivindicar la anarquía o el comunismo, como denuncian algunos simplistas, es un grito de atención y una reivindicación del papel de la ciudadanía, del núcleo.

Se han juntado en #nonosvamos varios colectivos que, en el fondo, quieren cosas parecidas pero, en la forma, las llevarían a cabo de forma distinta. Claro. Pero es ese fondo el que mueve la marea de #globalcamp, el que ha arrastrado a jubilados, a familias y nostálgicos de otras épocas de lucha política y social. ¿Falta de iniciativas? ¿Desorden organizativo? Cada vez menos, ojo. Cierto es que la espontaneidad de #spanishrevolution confiere una lentitud a la solidificación de sus cimientos: intentan estructurar ideas y modos de funcionar, se esfuerzan en transmitir un mensaje único, que no deje lugar a dudas; pero es una empresa costosa, con puntos flacos sobre los que se avalanzan los descreídos en lugar de esperar un final con hechos.

Por ejemplo, estos días hay propuestas en la calle sobre nacionalizar la banca o la consecución de la III República. Hay negativas furibundas, por parte de algunos, a llevar un paquete de proposiciones al Congreso de los Diputados, porque forma parte del establishment odiado, y aplausos, por parte de otros, al desafío hacia la jerarquía judicial y policial. Todo no es realizable ni práctico, aunque se discuta y valore agitando las manos en el aire en señal de acuerdo. Concretar, y hacerlo con argumentos razonados y plausibles, siempre será bueno. Así, cuando haya que pasar a la acción, no habrá fisuras.

Asistentes a la concentración subidos a un andamio

Es difícil coger un megáfono y explicar conceptos claros. Por eso cuando ellos mismos se ven reflejados en los medios de comunicación, no encuentran aquello que tienen en sus cabezas. Se enfadan. La torpeza de muchos periodistas (y no hablo ya de aquellos que desinforman, malinforman y contrainforman) ayuda más bien poco. Nosotros también hemos llegado tarde. Ellos también están hartos de nuestro aburguesamiento. Tanto monta. Quizá tengamos que ponernos todos al mismo lado de la línea divisoria, que ojalá no existiera, y pelear por reconducir esto. Cada vez observo a más profesionales compartiendo en #notenemosmiedo.

“Vas a tener síndrome de Estocolmo”, me decía hace un par de días un compañero. No lo creo, porque no es una cuestión de convencer, sino de entender. Y esto sólo puede hacerse cuando uno pasea por cualquiera de los emplazamientos de #sinbanderas y comprueba que en los corrillos no se habla de fútbol o de televisión, sino de qué vale un voto en blanco o de qué sirve la ley de partidos. Y muchos de los que debaten son muy jóvenes, adolescentes, algo que provoca una sonrisa de satisfacción en cualquiera. Ni tontos ni ignorantes. No lo son. Aunque a muchos (a mi misma) nos haga falta un pellizco en el brazo.

La teoría se ve materializada estos días en largas asambleas, comisiones temáticas y casi ciudades en plazas céntricas de todo el país. Son pequeñas civilizaciones que funcionan, de momento, por sí mismas gracias al apoyo de simpatizantes y curiosos. Es realmente impresionante cómo se han construido en pocos días calles, guarderías, talleres y cocinas. Tenemos capacidad de trabajo, eso sabemos hacerlo, si no, nos habríamos extinguido. Ahora habrá que ver si esta filosofía crece y se implanta más allá de #yeswecamp o se queda en un sueño que ha desorientado a los políticos y se ha comido su campaña.

No me gusta comparar esto con Egipto o Túnez. Es una opinión personal. Son procesos diferentes, sociedades diferentes y daños diferentes los que han causado gobiernos y mandatarios. Aquí y ahora no se asesina, tenemos muchos derechos, estamos en otro estadio civil. No me gusta que se generalice, ni con los que protestan en #democraciareal, ni con los que no lo hacen, ni con los que contamos qué pasa. No me gusta tampoco que se generalice con la política, aunque esta vez un 80% de sus integrantes haya guardado silencio sin darse por aludidos. #Fail. Lo verdaderamente bueno, en cualquier sitio, son los matices, los colores, lo que hace que reflexionemos en un día como hoy para ir a votar mañana. Esa es la esencia de #15mani, ¿no?

P.D.: No me olvido de Internet ni de las redes sociales. He oido a muchos en #esunaopcion, sentados sobre el asfalto, decir que todo el flujo informativo se está centrando en lo virtual y que “no todo el mundo tiene facebook o twitter”. Bien, aunque creo que la Red, en general, está siendo la cazuela del cocido. Hay muchos botones de muestra. Con ella sí se llega a todas partes, con ella podemos saber con espectaculares termómetros y puzzles, qué ocurre, ahora mismo, alrededor del #22M. Es imprescindible, guste o no.


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