Archive for the 'Twitter' Category

Implosión

Alguien me contó una vez que cuando aterrizas en Japón la gente se te acerca para ayudar si aprecia que eres extranjero. Nos fascinan, nos extraña que sean tan ordenados, nos compunge que un temblor de tierra les haya partido en dos el horizonte. Porque nos da miedo que nos ocurra a nosotros también. Y titulamos el fin del mundo como previa de cualquier desastre venidero: nos servirá de documentación después. Ellos podrían reclamar entonces su derecho al olvido por todo lo hablado y tuiteado, incluso la devolución del dinero que cuesten los lexatines que muchos han reclamado para el comisario europeo de Energía y Apocalipsis.

Ya lo dijo Wikileaks (la nueva tele, anuncian). Te lo dije. Que la energía nuclear es mala. Que el metrobús no existe. Que a los toros no te pongas la minifalda (o el velo). Ni un pelo de tonto tiene Ahmadineyad, que ha quedado ante su gente como un tipo fuerte que no sucumbe a provocaciones ¿intencionadas? o femeninas. El buen trabajo de Ana Pastor le habrá dado un subidón de popularidad comparable al de Charlie Sheen, merecedores ambos de grupos en Facebook ahora que el golpe en la mesa -llámese “Enter”- es el último grito. Lo próximo ha de ser el No me gusta; en una segunda fase, la opción Ni puta idea es favorita.

Entonces nos recrearíamos, haríamos leña del árbol caído. Pero se volvería contra nosotros y sería el epílogo de las redes sociales. Implosión. Por eso garganta profunda (sí, el del Watergate) viviría en 2011 como un ermitaño digital: sólo messenger y porque lo de viajar para hacer promoción sale muy caro. Eso si no te pilla huelga (uf) o una (la) secretaria de Estado se te adelanta y deja caer que va a dejar el cargo de todas formas. Publiques lo que publiques. La información circula hoy tan rápido que pestañear supone perderse, a veces, mucho de lo interesante; pero también que aquellos que opten por ignorarlo se sientan legitimados.

Por favor, que alguien le dé ya al botón de la primavera.

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Satisfacción

(…)

(18 mineros rescatados)

Abuchear en festivo mola. Es igual que hacerlo en un día normal, por la legitimidad y eso, pero después te puedes ir de cañas. “Que se vaya a Venezuela”, espetaba ante las cámaras a Zapatero un chico sonriente de veintitantos el 12-O(qué), día del desfile de autoridades y reales vestimentas protocolarias. Todo fue culpa del buen tiempo, si hubiera llovido no estaríamos hablando de Revilla ni del señor “indispuesto”, al que nadie ha buscado para hacerle una entrevista. Él sí tiene derecho a expresarse, que no le han dejado trabajar.

Seguro que cuando el soldado cumpla los 55 -si es que es menor- desvela en sus memorias la intrahistoria de lo ocurrido. Igual nos enteramos de que era mujer, o de que le gustaba V, como a Condoleezza (Rice). Qué #miedo. De todas formas, resultó ser uno menos también para las cuentas, que estamos en crisis y lo de ahorrar militares ha sido un punto. No nos vayan a acusar de estrechar amistades con sotanas blancas o firmar contratos sin mirar. Y dicho esto, me preocupa seriamente que Susan(tidad) se haga presente de nuevo en este blog.

(19 mineros rescatados)

Esta semana el empacho, más que eclesial, ha sido nobelesco. Hasta en la sopa, con perdón, hemos tenido a las virtudes literarias de Vargas Llosa: no tanto a la Paz, y mucho menos a la Física, que de eso no entendemos nada (ni de lo que nos pasa con China, a ver). Sí de disputas a lo Calderón/Góngora con alguna metida de pata virtual de por medio; el pobre Gabo no parece que esté para ciertos trotes dialécticos. Tampoco para hacer competencia al fútbol en los medios, que para eso se basta solito Villa, cuando quiera y como guste.

Meter goles a placer debe reportar tanta satisfacción como intentar empapelar al juez Garzón o a Sir Sean Connery en la operación Goldfinger (festival del humor). Quizá Roger Moore, al que pillé durante la Fiesta Nacional persiguiendo una pistola de oro, se esté partiendo de la risa. Seguro que juega en casa a doblar las películas del otro James Bond con la técnica que (en la cresta de la ola) Flo utilizaba en El Informal. Todos deberíamos probarlo, como versionar a Nirvana. La felicidad está en las pequeñas cosas.

(20 mineros rescatados)

(20 mineros, y Yonni Barrios, rescatados)

(…)

Ponerse las pilas

Un par de horas antes de que diera comienzo el 29-S la gran manifestación sindical en Madrid, sólo los pasquines de llamada al paro emergían del asfalto en el centro de la capital como testigos mudos de la movilización pre y post. Curioso que el papel aún juegue un idem fundamental en la motivación de la gente, o que al menos lo repartamos por ahí como análogo de consignas vía tweet o sms, que un día estuvieron de moda para esto. Curioso resulta también que algún periódico se publicara, con portada excepcional, en versión física, y no en la digital, el día de autos. Por un momento, el pasado se hizo presente.

Lo pensarían unos cuantos viendo además, horas después, las imágenes del sitiado Correa y a Isabel Pantoja entonando con garra el “Hoy quiero confesaaar” que abrió según qué telediario al conocerse que la (operación) Malaya iba a ser su peor pesadilla. El que no duerme muy bien estos días es el alcalde de Moncloa; claro, sueña con primarias, reformas y montillas, y no siempre por este orden. No sabe a quién hacer más caso, al ángel o al demonio. Menos mal que aún puede distraerse cuando llega a casa y pone la televisión, de realities llena y ciclistas con problemas repleta. Pensando en ser el próximo anfitrión de ¿Quién vive ahí?

Los sondeos (le) auguran un futuro (in)cierto, aunque el “ya veremos”, que propugna desde el sitio periodístico José Luis Orihuela, está aún arraigado en las voluntades partidistas, en general. Nadie quiere estrellarse ni, mucho menos, pretende matarse, a lo Segway, manejando su propio invento. Los que informamos tampoco, por eso, como quedó claro en la última de Café y Periodismo: necesitamos llevar cabo un repaso constante de lo que hacemos, saber qué regates debemos construir ante la caída de un modelo caduco al segundo, entender que la angustia es la que nos guía. Replantearnos el ‘cómo’; porque el ‘qué’ lo tenemos claro.

¿Hablamos de política o de periodismo? Quizá de uno, o quizá de los dos. Las herramientas del presente son, en cualquier caso, las que facilitarán que dentro de unos años no hayamos perdido el norte, que nuestra “firma” cruce fronteras invisibles y la identidad personal no quede difuminada en una maraña de lemas, editoriales o ministeriales. Todo esto, para que conste, está bendecido por el Altísimo, por Mario Tascón y por Virginia Pérez Alonso, entre otros expertos. Pero que no cunda el pánico, en la famosa libreta del editor de Diximedia no había escritas frases bíblicas, sino pautas para salvar la “desintermediación”: fuentes.

Ideas, suponemos, también. ¿Conclusiones? Pues modelos ideológicos y de negocio descartados y con Murdoch y Orbyt en otra dimensión -ojo al Nonprofit journalism-, el debate inconcluso tira por la oportunidad del momento. Carpe Diem, Si bebes no conduzcas, Póntelo, pónselo, ya sabéis. Aunque nos equivoquemos y después todo nos suene, inconscientemente, a lo mismo. Aunque, parece mentira, acabemos hablando (otra vez) del pasado y de la I Guerra Mundial. Hagamos penitencia comunitaria en el próximo sarao endogámico y dejemos por sorpresa, como Twitter, los contadores a cero. Si no nos ponemos las pilas acabaremos enterrados vivos.

Urnas calientes

Los delirios febriles no han hecho estos días más que devolverme a la mente las imágenes del aficionado osado que gritó “¡Aúpa Athletic!” en la final del US Open de tenis. Seguro que eso nadie lo hubiera hecho ante Esperanza en el Debate de la Región (de Madrid) o frente a Zapatero en el pleno sobre Afganistán en el Congreso; desde un escaño cualquiera, desde una posición indiferente, para rebajar tensiones y plantear alternativas al ombliguismo político que emerge con la intención puesta en unas urnas más calientes que los sindicatos. No hay huevos, que habría exclamado, con voz insigne, Labordeta.

Muy a su pesar, casi seguro, el político y cantautor se ha convertido en trending topic mundial este domingo. Por encima del Papa, que probablemente si hablara de fútbol ablandaría a tanto anglicano (y cristiano) cabreado. Una cortina de humo con forma de Mourinho, por ejemplo, le habría venido de perlas en Westminster. Inquietante ha sido ver a Benedicto en varios directos televisivos repartiendo disculpas, palabras rebajadas y comentarios en corrillo con la reina británica, como si estuviéramos asistiendo a una reunión improvisada de dos señoras que. ¿Llegará el día en el que este hombre deje de justificarse? Lo dudo.

Podrían contratarle como representante de Penélope Cruz (una idea) o para convencer al personal de las bondades de la ley anti tabaco vasca y, en breve, de todo el país. “Queridos amigos, no podéis fumar en vuestos coches, sólo de esta manera lograremos una sociedad unida y respetuosa con los valores únicos”. Tampoco le vendría mal una ayudita divina a Sarkozy, tocado por el tema gitano; su plumero se le ha visto más grande de lo normal, como a Europa, que calla y otorga. Nadie es capaz de ponerle en su sitio, ni a él ni al presidente rumano, que se lava las manos con la pobreza de sus súbditos.

¿Y qué dice Carla Bruni? De momento, nada. Habría que juntarla un día con Carmen Lomana, cuyo programa estrella terminó, para que hablaran un día de cultura (en) general. Por cierto, que la ganadora de la corona es de Parla: yo no digo nada, pero igual un tal Gómez ha tenido que ver. A nuestro alrededor todo son conspiraciones. Por eso ha tenido que salir, de nuevo (un post después), la banda terrorista a completar el discurso; no entiendo muy bien la sorpresa indeleble de algunos que, aun estando bien informados, no comprenden. Habrá más comunicados, habrá un largo proceso sin cronómetro, aunque nos desespere.

Igual hasta cae uno en 29J, mientras los abuelos que cuidan de sus nietos escuchan por la radio el manifiesto avatar (Méndez dixit) o ciertos sectores se frotan las manos viendo hordas de liberados/vagos incondicionales gritando consignas contra el Gobierno y la crisis mundial. Lo explica en su último libro Nicholas G. Carr, nos hemos vuelto todos unos superficiales, y la culpa la tiene Internet. ¿Qué podemos esperar, como dice un buen amigo, de un país que escribe ‘Google’ en Google para entrar en Google? Que no se enteren ni Sarah Palin ni su alumna aventajada, Christine O’Donnell, que las tenemos aquí haciendo campaña a la de ya.

Sorpresas

Oh (je), pues resulta que todo apunta a que el Kanchenjunga es más español que surcoreano. Cosas de la competición, que pone al límite a todo aquel que (cree que) tiene algo por lo que luchar. Es un concepto que gente como Camps comprende perfectamente, alardeando de su intocabilidad suprema frente a tempestades y terremotos, como Braveheart pero sin la cara pintada, que desluce bastante el look chaquetero. La misma prudencia exigible a aquel que eleva su condición de imputado a la de condenado, debería ser autoaplicada (#autofacts) en este caso, y en otros tantos también. Un poquito de por favor, un poquito de sensatez.

No se trata de lavar los trapos sucios en casa, se trata de hacerlo con el jabón adecuado y el quitamanchas justo. Pero sin pasarse de suavizante, que luego nos quejamos de que la privacidad noséqué; ojo, Mark Zuckerberg. Probando de su propia medicina –metáfora jacta est– se encuentra el visionario creador de Facebook, viendo compartida y con ficción su juventud en una pantalla grande. Tenía que llegar, lo tuvo que saber. Preferimos, de siempre, darle pompa a lo turbio. Por eso, menos en las casas reales, las bodas se celebran en privado y los divorcios en público, que goza como nunca de la tirada de trastos.

Y los medios también, para qué nos vamos a engañar. Dedicándole tiempo a huidas tuiteras y venganzas radiofónicas, de las que esperamos que salgan bien parados los profesionales que, al fin y al cabo y a pesar de que su trabajo no apasione a todos, merecen un respeto. Hasta una, a la que no le gusta el fútbol, vivió el momento despegue del split deportivo con bastante curiosidad: de-formación-profesional. Pero es que, hoy por hoy, es mucho más interesante, por ejemplo, que las sesiones de control, que como no empiecen a ser emitidas en 3D -cedo la idea-, van a perder audiencia. Queremos otras gafas con las que mirar ya.

Esas con las que ahora nos miran, desde dentro, los 33 mineros atrapados con su propia existencia. Se admiten apuestas sobre hasta qué día seguiremos sus andanzas, si es que no les pasa nada nuevo. Se admiten teorías sobre qué televisión convertirá el tema, como un diario preconiza hoy con una poco afortunada comparación, en el Gran Hermano social de nuestros días. Cuando se cumple una semana de la <ironic mode> apasionante </> entrevista al tal Gómez, nos ha quedado claro que el espectáculo no tiene límites ni, en ciertos casos, gente que lo sepa sacar adelante. Es difícil saber si aún se nos puede sorprender.

#hombreya

Hay un hashtag (etiqueta, para las personas normales) en Twitter que podría resumir sin pestañear el estado de la cuestión de una sociedad cualquiera. De una manera sencilla, con una segura comprensión. Como aquella letra que rezaba “Jonathan, no te metas pa lo jondo”; gran radiografía de las playas españolas. Se trata de #hombreya, hermana gemela del vulgar “yastabien”. Es un recipiente masivo de quejas, pullas, preguntas al aire y demostraciones de fuerza en la Red que acumula decenas y decenas de apuntes cibernéticos.

Es una expresión que, de hecho, no estaría mal incorporar en ciertos ámbitos. Imaginen un discurso en un mitin político (pena de Rodiezmo), tan dados a absorber -como la RAE misma- palabros de la masa al tuntún, léanse “ni El Tato” o “Vale, a lo mejor me lo merezco”, con la terminación mentada. O en El Debate (ejem). Zapatero: “Hay que tener desfachatez para decir que no echemos leña al fuego cuando ustedes hicieron una campaña diciendo que se rompía España, #hombreya”. Rajoy: “Engañó a los españoles cuando dijo que el Estatuto estaba limpio como una patena. Le pido que no juegue más con la gente, #hombreya”.

¿Y en los telediarios o en los medios digitales? Prueben. “Aznar asegura en la Cámara de los Comunes de Londres que es vital interrumpir el proceso de erosión de los derechos de Israel. #hombreya”; “Los trabajadores de Metro de Madrid ponen fin a la huelga tras ratificar el acuerdo. #hombreya”. “Barrionuevo, sorprendido de que desde el PSOE se proteja y se jalee a Garzón. #hombreya”. Podría dar para unos cuantos cursos de ética periodística, de esos que el señor Juanjo de la Iglesia impartía tan bien. El problema sería el abuso.

Aquí tenemos la manía de exprimir lo interesante hasta convertirlo en mediocre. Ya se sabe, ¿para qué cambiar lo que funciona? Y si lo podemos disfrazar para darle salida un millón de veces más, mejor. Los temas recurrentes, a riesgo de saturar, funcionan. Por eso ayer lunes -y viendo alguna portada inminente (PDF), se entiende-, asistimos a extraordinarias últimas horas sobre asuntos privados. Por eso los community managers salvarán el mundo cuando todos nos convirtamos en refugiados climáticos (figura que recogerá la ONU en breve, si esto sigue así). Por eso ya hay un tétrico programa sobre los flashmobs, evolución del karaoke. Yupi.

(Gracias, @Jonlaiseca)

Hay un hashtag (etiqueta, para las personas normales) en Twitter que podría resumir sin

pestañear el estado de la cuestión de una sociedad cualquiera. De una manera sencilla, con

una segura comprensión. Como aquella letra que rezaba “Jonathan, no te metas pa lo jondo”,

gran radiografía de las playas españolas. Se trata de #hombreya, hermana gemela del vulgar

“yastabien”. Es un recipiente masivo de quejas, puyas, preguntas al aire y demostraciones

de fuerza en la Red que acumula decenas y decenas de apuntes cibernéticos.

Es una expresión que, de hecho, no estaría mal incorporar en ciertos ámbitos. Imaginen un

discurso en un mitin político (pena de Rodiezmo), tan dados a absorber -como la RAE misma-

palabros de la masa al tuntún, léanse “ni El Tato” o “Vale, a lo mejor me lo merezco”, con

la terminación mentada. O en El Debate (ejem). Zapatero: “Hay que tener desfachatez para

decir que no echemos leña al fuego cuando ustedes hicieron una campaña diciendo que se

rompía España, #hombreya”. Rajoy: “Engañó a los españoles cuando dijo que el Estatuto

estaba limpio como una patena. Le pido que no juegue más con la gente, #hombreya”.

¿Y en los telediarios o en los medios digitales? Prueben. “Aznar asegura en la Cámara de

los Comunes de Londres que es vital interrumpir el proceso de erosión de los derechos de

Israel. #hombreya”; “Los trabajadores de Metro de Madrid ponen fin a la huelga tras

ratificar el acuerdo. #hombreya”.”Barrionuevo, sorprendido de que desde el PSOE se proteja

y se jalee a Garzón. #hombreya”. Podría dar para unos cuantos cursos de ética periodística,

de esos que el señor Juanjo de la Iglesia impartía tan bien. El problema sería el abuso.

Aquí tenemos la manía de exprimir lo interesante hasta convertirlo en mediocre. Ya se sabe,

¿para qué cambiar lo que funciona? Y si lo podemos disfrazar para darle salida un millón de

veces más, mejor. Los temas recurrentes a riesgo de saturar, funcionan. Por eso ayer lunes

-y viendo alguna portada inminente, se entiende-, asistimos a extraordinarias últimas horas

sobre asuntos privados. Por eso los community managers salvarán el mundo cuando todos nos

convirtamos en refugiados climáticos (figura que recogerá la ONU en breve, si esto sigue

así). Por eso ya hay un tétrico programa sobre los flashmobs, evolución del karaoke. Yupi.Hay un hashtag (etiqueta, para las personas normales) en Twitter que podría resumir sin pestañear el estado de la cuestión de una sociedad cualquiera. De una manera sencilla, con una segura comprensión. Como aquella letra que rezaba “Jonathan, no te metas pa lo jondo”, gran radiografía de las playas españolas. Se trata de #hombreya, hermana gemela del vulgar “yastabien”. Es un recipiente masivo de quejas, puyas, preguntas al aire y demostraciones de fuerza en la Red que acumula decenas y decenas de apuntes cibernéticos.

Es una expresión que, de hecho, no estaría mal incorporar en ciertos ámbitos. Imaginen un discurso en un mitin político (pena de Rodiezmo), tan dados a absorber -como la RAE misma- palabros de la masa al tuntún, léanse “ni El Tato” o “Vale, a lo mejor me lo merezco”, con la terminación mentada. O en El Debate (ejem). Zapatero: “Hay que tener desfachatez para decir que no echemos leña al fuego cuando ustedes hicieron una campaña diciendo que se rompía España, #hombreya”. Rajoy: “Engañó a los españoles cuando dijo que el Estatuto estaba limpio como una patena. Le pido que no juegue más con la gente, #hombreya”.

¿Y en los telediarios o en los medios digitales? Prueben. “Aznar asegura en la Cámara de los Comunes de Londres que es vital interrumpir el proceso de erosión de los derechos de Israel. #hombreya”; “Los trabajadores de Metro de Madrid ponen fin a la huelga tras ratificar el acuerdo. #hombreya”.”Barrionuevo, sorprendido de que desde el PSOE se proteja y se jalee a Garzón. #hombreya”. Podría dar para unos cuantos cursos de ética periodística, de esos que el señor Juanjo de la Iglesia impartía tan bien. El problema sería el abuso.

Aquí tenemos la manía de exprimir lo interesante hasta convertirlo en mediocre. Ya se sabe, ¿para qué cambiar lo que funciona? Y si lo podemos disfrazar para darle salida un millón de veces más, mejor. Los temas recurrentes a riesgo de saturar, funcionan. Por eso ayer lunes -y viendo alguna portada inminente, se entiende-, asistimos a extraordinarias últimas horas sobre asuntos privados. Por eso los community managers salvarán el mundo cuando todos nos convirtamos en refugiados climáticos (figura que recogerá la ONU en breve, si esto sigue así). Por eso ya hay un tétrico programa sobre los flashmobs, evolución del karaoke. Yupi.


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