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Con gafas negras

Ahí estaba yo. Con mi cara de pensar y algún kilo de más. Aquella camiseta ya no existe; las gafas, las más grandes que he tenido nunca, tampoco. Eran estas últimas perfectas para el camuflaje, o eso pense al ver las cámaras enfocando a la fila de personas en la que me encontraba, pero resultó que en un plano sostenido de agencia servían muy bien para enseñar tristeza. A ver, algo de nostalgia había, pero era una cuestión platónica y secundaria, ya que mi misión era puramente laboral. Las televisiones replicaron aquello y yo no pude hacer nada más que explicar a la gente que me llamó que había ido a cubrir la capilla ardiente de Antonio Vega. Lo que no sabían es que un año y poco antes había hablado con él un rato. “Paso más tiempo dentro de mí mismo que fuera”, me dijo. Lo entrevisté junto a su primo, Nacho García Vega, por aquel Tour 80-08. Reiniciando, algo breve y promocional. Melenón y cara consumida, sin pestañeo en las preguntas y con argumentos en las respuestas. No soy mitómana, nada de nada, pero ahí pedí una firma contraviniendo mis propias creencias. Esto ha ocurrido tres veces en mi vida: las otras dos, creo recordar, con Iñaki Gabilondo y Gomaespuma. Me acuerdo perfectamente de la habitación del hotel de Las Letras y de la foto en la ventana, hecha por Jorge París. Me habría quedado un lustro. En todo eso pensaba en la cola para entrar en la sede de la SGAE, donde fue la capilla ardiente. Después vinieron las palabras de José Ángel. Hoy se cumplen seis años de la muerte del cantante y compositor madrileño. Y de paso, apostillo a Héctor.

El señor de Oviedo

“Pues va a tener usted razón”, asumí. El hombre sonreía a mi lado mientras apuntaba en una libreta dos números, uno encima del otro. Eran los kilómetros por hora del tren. Una era la velocidad normal, la esperada; la otra, la máxima. 249, creo. Entendía de maquinas un rato, aunque fuera la primera vez que montaba en esa. Así que clavó la cifra y se lo alabé. Sonreía.

Le había tocado sentarse conmigo, una extraña. Los otros cuatro que lo acompañaban, un hombre y tres mujeres, hablaban sin parar una fila más allá, enseñándose fotos en un móvil y comentando el paisaje en cuatro asientos enfrentados. Él se había excluido sin discusión posible, cediéndole la charla a su esposa. No parecía incómodo por la situación.

Guardó de nuevo la libreta y el bolígrafo en el bolsillo de su camisa. Se dirigían a una boda en Oropesa. “A mi me da igual, yo voy por compromiso”, me soltó. Su fascinación por la capacidad del tren tenía una cara oculta: él había propuesto coger un avión, pero “ellas” habían decidido que no. “Yo no mando”, reconocía con la mirada. Si se lo hubiera pedido, se habría bajado conmigo en Madrid.

Me contó que estaba jubilado y que había trabajado 40 años en una mina, de vigilante. Intenté buscar en su rostro los efectos de aquello; pero nada. Yo, que tenía un auricular colgando de mi oreja izquierda, dejé el otro descansando sobre mi hombro, entre responsable y curiosa por la conversación. El señor, de Oviedo, intentaba cubrirse los pies helados por el aire acondicionado.

Estaba acostumbrado al frío, aunque todos los noviembres volviese desde El Bierzo a Asturias para pasar el invierno. Tenía descendencia en Madrid, reveló. Todo galantería, se disculpó por utilizar el brazo compartido del asiento más tiempo del necesario justo antes del parte informativo: “Eso debe ser Guadarrama”. Se le veía aliviado a pesar de las más de tres horas que tenía por delante.

Sentí de repente un toque en la mano. La esposa, desde la fila más allá, había abierto su bolso y sacado un puñado de caramelos. Yo decliné la oferta con toda mi amabilidad disponible, pero él tomó entonces la iniciativa con un “venga, son de café”. Acepté, “para después de cenar”. Quedó conforme. Y yo.

Estoy reflexionando

Estoy reflexionando. Lo hago después de cinco días trabajando y empapándome de #acampadasol. No he tenido tiempo para pensar, sólo para actuar. Muchos han creído que la sociedad lleva demasiado tiempo dándole vueltas a las cosas sin reaccionar, de ahí que haya prendido tan rápido la llama del #15M. Algunos se niegan a llamarlo movimiento, otros recelan de su supuesta alma de (ultra)izquierda. Lo que yo he visto, in situ, es un grupo heterogéneo de gente cansada del sistema que ha encontrado la oportunidad de demostrar que tiene algo que decir, aprovechando la cercanía de unas elecciones y el momento actual.

Nunca es tarde, de acuerdo, aunque hacía falta algo así, que terminara con el impasse intergeneracional, sobre todo porque la tibia resaca transicional (de Transición) dejó a unos cuantos con interrogantes sobre sus cabezas a pesar de la llegada de una Democracia con mayúsculas. Eran ganas acomodadas lo que había, un empacho tras tragarse sin pudor los desmanes del poder, sobre todo del económico, que es el que manda sobre todos los demás. No se trata de reivindicar la anarquía o el comunismo, como denuncian algunos simplistas, es un grito de atención y una reivindicación del papel de la ciudadanía, del núcleo.

Se han juntado en #nonosvamos varios colectivos que, en el fondo, quieren cosas parecidas pero, en la forma, las llevarían a cabo de forma distinta. Claro. Pero es ese fondo el que mueve la marea de #globalcamp, el que ha arrastrado a jubilados, a familias y nostálgicos de otras épocas de lucha política y social. ¿Falta de iniciativas? ¿Desorden organizativo? Cada vez menos, ojo. Cierto es que la espontaneidad de #spanishrevolution confiere una lentitud a la solidificación de sus cimientos: intentan estructurar ideas y modos de funcionar, se esfuerzan en transmitir un mensaje único, que no deje lugar a dudas; pero es una empresa costosa, con puntos flacos sobre los que se avalanzan los descreídos en lugar de esperar un final con hechos.

Por ejemplo, estos días hay propuestas en la calle sobre nacionalizar la banca o la consecución de la III República. Hay negativas furibundas, por parte de algunos, a llevar un paquete de proposiciones al Congreso de los Diputados, porque forma parte del establishment odiado, y aplausos, por parte de otros, al desafío hacia la jerarquía judicial y policial. Todo no es realizable ni práctico, aunque se discuta y valore agitando las manos en el aire en señal de acuerdo. Concretar, y hacerlo con argumentos razonados y plausibles, siempre será bueno. Así, cuando haya que pasar a la acción, no habrá fisuras.

Asistentes a la concentración subidos a un andamio

Es difícil coger un megáfono y explicar conceptos claros. Por eso cuando ellos mismos se ven reflejados en los medios de comunicación, no encuentran aquello que tienen en sus cabezas. Se enfadan. La torpeza de muchos periodistas (y no hablo ya de aquellos que desinforman, malinforman y contrainforman) ayuda más bien poco. Nosotros también hemos llegado tarde. Ellos también están hartos de nuestro aburguesamiento. Tanto monta. Quizá tengamos que ponernos todos al mismo lado de la línea divisoria, que ojalá no existiera, y pelear por reconducir esto. Cada vez observo a más profesionales compartiendo en #notenemosmiedo.

“Vas a tener síndrome de Estocolmo”, me decía hace un par de días un compañero. No lo creo, porque no es una cuestión de convencer, sino de entender. Y esto sólo puede hacerse cuando uno pasea por cualquiera de los emplazamientos de #sinbanderas y comprueba que en los corrillos no se habla de fútbol o de televisión, sino de qué vale un voto en blanco o de qué sirve la ley de partidos. Y muchos de los que debaten son muy jóvenes, adolescentes, algo que provoca una sonrisa de satisfacción en cualquiera. Ni tontos ni ignorantes. No lo son. Aunque a muchos (a mi misma) nos haga falta un pellizco en el brazo.

La teoría se ve materializada estos días en largas asambleas, comisiones temáticas y casi ciudades en plazas céntricas de todo el país. Son pequeñas civilizaciones que funcionan, de momento, por sí mismas gracias al apoyo de simpatizantes y curiosos. Es realmente impresionante cómo se han construido en pocos días calles, guarderías, talleres y cocinas. Tenemos capacidad de trabajo, eso sabemos hacerlo, si no, nos habríamos extinguido. Ahora habrá que ver si esta filosofía crece y se implanta más allá de #yeswecamp o se queda en un sueño que ha desorientado a los políticos y se ha comido su campaña.

No me gusta comparar esto con Egipto o Túnez. Es una opinión personal. Son procesos diferentes, sociedades diferentes y daños diferentes los que han causado gobiernos y mandatarios. Aquí y ahora no se asesina, tenemos muchos derechos, estamos en otro estadio civil. No me gusta que se generalice, ni con los que protestan en #democraciareal, ni con los que no lo hacen, ni con los que contamos qué pasa. No me gusta tampoco que se generalice con la política, aunque esta vez un 80% de sus integrantes haya guardado silencio sin darse por aludidos. #Fail. Lo verdaderamente bueno, en cualquier sitio, son los matices, los colores, lo que hace que reflexionemos en un día como hoy para ir a votar mañana. Esa es la esencia de #15mani, ¿no?

P.D.: No me olvido de Internet ni de las redes sociales. He oido a muchos en #esunaopcion, sentados sobre el asfalto, decir que todo el flujo informativo se está centrando en lo virtual y que “no todo el mundo tiene facebook o twitter”. Bien, aunque creo que la Red, en general, está siendo la cazuela del cocido. Hay muchos botones de muestra. Con ella sí se llega a todas partes, con ella podemos saber con espectaculares termómetros y puzzles, qué ocurre, ahora mismo, alrededor del #22M. Es imprescindible, guste o no.

Venganza

Cuando el grajo vuela bajo, se choca contra algo y muere. Podría ser una bonita metáfora periodística, pero parece que esta vez la realidad ha superado a la ficción y los pájaros (Alfred Hitchcock habría disfrutado) se dieron de bruces contra ella. O igual asomaron sus picos a la Tierra para comprobar si, efectivamente, el tabaco se había transformado en humo. En la obra Razas, de David Mamet, uno de los protagonistas fuma varias veces sobre el escenario: entre el público, un levísimo murmullo se pregunta cómo es posible. Ni un solo reproche cuando el mismo actor se sirve dos supuestos copazos. No hay descanso, menos mal, porque más de uno se iría al baño a darle al tema, como se hacía antes. O a chivarse, ojo.

El verdadero golpe de efecto hubiera sido que la ley entrara en vigor en Nochevieja: todas las peleas se habrían concentrado el mismo día. Aquí (así) paz y después gloria. Pero no, y las noticias estos días van de cómo acatamos las normas. Me acuerdo de cuando Sinead O’Connor rompió aquella foto del papa (americano) en la televisión: igual un día de estos alguien se enciende un puro en directo y anima el recién estrenado twitter de Interior, que seguro se muere de ganas de añadir algo al #etafacts. El ministro, mientras, lucha en soledad contra sus manos para que se nos borre de la mente la imitación de Mota. Habrá que grabarse las ruedas de prensa del Consejo de Ministros.

Pero siempre que no coincidan, claro está, con retransmisiones de misas o ruidosos desfiles llenos de orgullo y niños. Tampoco son desdeñables para el repaso las comparecencias de cascos (presuntamente) no retornables, carne de fin de semana a falta de otra cosa. El regreso del nuevo azote del PP es, según algunos, fruto del protagonismo. Él aduce que Asturias no es tenida en cuenta a nivel nacional (ahí igual hasta tiene razón, pero pasa con otras y otros). Después de tanto tiempo desaparecido, no obstante, es posible que lo que ocurriera es que la alarma del iPhone no le sonara a tiempo. Misterios de la humanidad, equiparables a la subida de la luz y la pelea infantiloide entre cadenas nacionales.

La audiencia está empezando a cotizarse muy alto con la llegada de la TDT, y eso que aún no existen parrillas decentes que lo justifiquen, de ahí las autopromociones vengativas. Por si no bastaba con la contraprogramación. Hablando se entiende la gente, que diría Álex de la Iglesia, el que (uno de los pocos que) sujeta la linterna que enfoca como puede hacia el final del túnel, cuya puerta de salida se antoja de color violeta, o eso dicen desde Las Vegas. El dinero es el problema, el de siempre, el que materializa (monetiza) cualquier cosa que pensemos hacer; y eso que quedan idealistas, a este y el otro lado del océano, que nos hacen creer que es posible continuar. La próxima vez no veo Grease, lo prometo.


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