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Ponerse las pilas

Un par de horas antes de que diera comienzo el 29-S la gran manifestación sindical en Madrid, sólo los pasquines de llamada al paro emergían del asfalto en el centro de la capital como testigos mudos de la movilización pre y post. Curioso que el papel aún juegue un idem fundamental en la motivación de la gente, o que al menos lo repartamos por ahí como análogo de consignas vía tweet o sms, que un día estuvieron de moda para esto. Curioso resulta también que algún periódico se publicara, con portada excepcional, en versión física, y no en la digital, el día de autos. Por un momento, el pasado se hizo presente.

Lo pensarían unos cuantos viendo además, horas después, las imágenes del sitiado Correa y a Isabel Pantoja entonando con garra el “Hoy quiero confesaaar” que abrió según qué telediario al conocerse que la (operación) Malaya iba a ser su peor pesadilla. El que no duerme muy bien estos días es el alcalde de Moncloa; claro, sueña con primarias, reformas y montillas, y no siempre por este orden. No sabe a quién hacer más caso, al ángel o al demonio. Menos mal que aún puede distraerse cuando llega a casa y pone la televisión, de realities llena y ciclistas con problemas repleta. Pensando en ser el próximo anfitrión de ¿Quién vive ahí?

Los sondeos (le) auguran un futuro (in)cierto, aunque el “ya veremos”, que propugna desde el sitio periodístico José Luis Orihuela, está aún arraigado en las voluntades partidistas, en general. Nadie quiere estrellarse ni, mucho menos, pretende matarse, a lo Segway, manejando su propio invento. Los que informamos tampoco, por eso, como quedó claro en la última de Café y Periodismo: necesitamos llevar cabo un repaso constante de lo que hacemos, saber qué regates debemos construir ante la caída de un modelo caduco al segundo, entender que la angustia es la que nos guía. Replantearnos el ‘cómo’; porque el ‘qué’ lo tenemos claro.

¿Hablamos de política o de periodismo? Quizá de uno, o quizá de los dos. Las herramientas del presente son, en cualquier caso, las que facilitarán que dentro de unos años no hayamos perdido el norte, que nuestra “firma” cruce fronteras invisibles y la identidad personal no quede difuminada en una maraña de lemas, editoriales o ministeriales. Todo esto, para que conste, está bendecido por el Altísimo, por Mario Tascón y por Virginia Pérez Alonso, entre otros expertos. Pero que no cunda el pánico, en la famosa libreta del editor de Diximedia no había escritas frases bíblicas, sino pautas para salvar la “desintermediación”: fuentes.

Ideas, suponemos, también. ¿Conclusiones? Pues modelos ideológicos y de negocio descartados y con Murdoch y Orbyt en otra dimensión -ojo al Nonprofit journalism-, el debate inconcluso tira por la oportunidad del momento. Carpe Diem, Si bebes no conduzcas, Póntelo, pónselo, ya sabéis. Aunque nos equivoquemos y después todo nos suene, inconscientemente, a lo mismo. Aunque, parece mentira, acabemos hablando (otra vez) del pasado y de la I Guerra Mundial. Hagamos penitencia comunitaria en el próximo sarao endogámico y dejemos por sorpresa, como Twitter, los contadores a cero. Si no nos ponemos las pilas acabaremos enterrados vivos.

Objetivo cumplido

¿Tiene un bache en una acera una entidad más allá del barrio? ¿Interesa a la gente de Huelva lo que pasa en el ayuntamiento de La Rioja? ¿Puede ser una peluquería una fuente real de ingresos publicitarios para un medio de comunicación? Y, por encima de todo, ¿sabe el ciudadano de a pie que escribimos para él o siente sin más al periodista como un ente?

Parece mentira, pero estas son las preguntas que aún nos seguimos haciendo los de la prensa -entiéndase como profesión, al margen del soporte- a día de hoy en un terreno que padece de tantas inseguridades como fortalezas. La información más cercana, la local, ha sido siempre uno de los grandes pilares del periodismo, dogma de cómo proceder, de buscarse la vida. La supervivencia, la calle, las fuentes: una escuela que, al parecer, no llega a universidad.

¿Las razones? Intentaron buscarse el pasado sábado en la V edición de Café y Periodismo, en la que participaron representantes del sector, de la vieja y la nueva escuela. Al margen de disertaciones sobre méritos apropiados y dificultades para ser portada, la queja universal, acorde a los tiempos que corren, clamó contra la falta de recursos y la imposibilidad en una sociedad global y sobrecomunicada de atender a todas las necesidades; de ser útil.

¿Capital o provincias?

La información local es la mejor manera de “contar la ciudad”, decía Ana Alfageme, recién incorporada a la red Eskup de El País tras pasar años escribiendo sobre Madrid. La capital fue centro de la discusión muy a pesar de bastantes de los asistentes, que en corrillos o a través de Twitter -canal oficial para el flujo opinativo- insistían en que la verdadera información local se hace en provincias, “de toda la vida”. Con sus límites y presiones.

“La ley del telefonazo está ahí, pero nos lo tomamos con diversión”, explicaba Carlos Otto-Reuss, de Mi Ciudad Real. Él, como algún miembro del público, contaron sus casos de “patada en el culo”, con origen político-empresarial, tras meter el dedo en la llaga en alguna que otra ocasión, o de recibir “en la panadería” las quejas vecinales. El hiperlocalismo es lo que tiene, aunque suple los obstáculos con sastisfacciones: véase -y léase- Somos Centro.

Diego Casado defendió su alabado proyecto en Internet en un foro veterano en el que Madridiario sentó cátedra de la mano de Ángel Calleja. “Nuestro modelo funciona, no hay otro igual”, insistía, al tiempo que aseguraba que todavía hay “mercado” en España para la información local. En este sentido, las redes sociales están facilitando, a juicio de todos los presentes, un crecimiento incontenible -mutación incluida- de este tipo de periodismo.

Ofrecen inmediatez, contactos imposibles y un feedback resultón. De “brutal” calificaba @javiersanchez la iniciativa de 20minutos.es de publicar en la Red la reunión diaria de contenidos de la web. “Mi mejor contacto lo conseguí a través de Twitter”, confesaba Calleja por su parte. A punto se estuvo de entrar en debate sobre el mal llamado periodismo ciudadano, sobre el papel protagonista del lector. No llegó la sangre al río esta vez.

Sin perder la perspectiva

Borja Echevarría -elpais.com- mediante (de oyente estaba), se frenó otro clásico, el del modelo de negocio y la corrupción del dinero en el oficio. En cambio, rompió una lanza a favor de dejar a un lado los prejuicios y desestructurar las redacciones sin olvidar la jerarquización, algo que ya se hace en la Red, por cierto. Lo importante, en cualquier caso, es “no perder la perspectiva de a quién le cuentas las cosas”, apostillaba Alberto Castillo, de Gente.

“Trascendencia” fue una palabra repetida. Quedó muy claro que el brutal trabajo -y el poco sueldo- de los profesionales de la información local no desaparecerá, sobre todo si existen ganas, como apuntaban desde el respetable, “de cambiar el mundo”. La pirámide, indicaba sutilmente y con algo de razón otro asistente, debería invertirse: la información local habría de ser el eje de todo esto, la base sobre la que construir y llegar al titular último.

El problema es cómo se come esto en una realidad global, sin fronteras, internacional, virtual. Un dato: la geolocalizacón tan de moda es el ejemplo de que lo local es sólido. Otro: la función “social”, informativa o puramente política -idealista y un tanto utópica fue la conversación sobre el periodismo de declaraciones, que todos practicamos y practicaremos-, satisfará y provocará el debate reiterado entre la señora del quinto y su portero. Un objetivo siempre cumplido.


twitter / MirenM

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