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Wikileaks o el pensamiento crítico

Información, dinero, política y papel. Censura, denuncia e intereses. Se habló de tantas cosas el martes en “El periodismo en la era de Wikileaks“, debate convocado por El País -a la sazón, elegido por el dedo Assange- en el Caixaforum de Madrid que, de ponerlas por escrito, el texto de los famosos 250.000 cables se habría quedado corto. Hubo tres frentes claros y un gusanillo general: por un lado, los representantes del establishment mediático, personificados en Javier Moreno, director de El País y Borja Bergareche, subdirector de ABC; por otro, los ajenos, aunque implicados, Alicia G. Montano, directora de Informe Semanal, y Javier Bauluz, director de Periodismo Humano. Y, por último, elpúblico, que no dio (ni quiso dar) tregua a los profesionales.
De “vergüenza” para aquellos que deben buscar las historias calificó sin tapujos Bauluz, nada más empezar, las filtraciones que han sonrojado a la Casa Blanca. Un hito que ha cambiado para siempre el “ecosistema” de la prensa y (fundamentalmente) de Internet y que ha puesto el dedo en la llaga del ego de los medios. ¿No sabemos hacer nuestro trabajo? ¿Tiene que venir un “activista” y servirnos en bandeja lo que no podemos encontrar? ¿Será siempre así a partir de ahora? Las dudas eran razonables. Montano y Bergareche sí coincidían en que lo excepcional de Wikileaks es más importante que, por ejemplo, su contenido. Un buen rato dedicaron a debatir si las “charletas” privadas de unos señores diplomáticos son noticia o no, y Moreno defendió a capa y espada el rol de rastreador de su periódico.
La experiencia de las publicaciones que han recibido el material para su análisis, en este sentido, es un valor añadido. Esta experiencia también tuvo voz en el acto, la de alguien que aún no hemos citado: Giles Tremlett, corresponsal de The Guardian en España. Lo suyo con Wikileaks, contó, viene de lejos: fueron Assange y compañía los que les enseñaron a ‘sortear’ las duras leyes de privacidad del Reino Unido cuando realizaban, hace años, una investigación sobre la evasión de impuestos de los bancos. No obstante, reconoció que algún día “habrá que poner límites” legales para la publicación de ciertas cosas. No todo vale, y esta máxima se llevó reproches por parte de Bergareche -“Si yo fuera Hillary Clinton, lo desclasificaría todo”- y del público, muy muy interesado en la autocensura.
Así, las confesiones hicieron su aparición. Se dejó claro que “nunca habrá un Wikileaks de China” o que, en otros casos, como el sumario Gürtel, hay cosas relacionadas con asuntos “sexuales” que no han visto la luz. Moreno tuvo que aclarar, asimismo, que El País no ha pagado por el material y que, aunque no han recibido presiones, sí les han llegado ciertas “consideraciones” para que se abstuvieran, en la medida de lo posible, de hacer públicos ciertos cables. Negó, por otra parte, que EE UU haya metido mano. Trataba de convencer de esta manera a un respetable descreído con esa información que nunca veremos, y también con la capacidad crítica de los propios medios que, según algún asistente, van a seguir haciéndole el juego a los “intereses” económicos y políticos de las grandes potencias.
“Se está cociendo algo”
En cuanto a cuestiones menores, afloró la rivalidad entre medios competidores y la poca “generosidad” que hay en España, según Moreno, para citar al contrario si éste tiene la exclusiva de algo. En cuanto a cuestiones mucho más interesantes -el público criticó el metaperiodismo, aunque la charla versara sobre él-, las fuentes y su fiabilidad se llevaron la palma. “Hay que tener cuidado”, decía Montano; “Nos da igual que nos manden información de Wikileaks, Openleaks o por correo electrónico”, apostillaba Tremlett. Bauluz, como le corresponde -y además de poner la lupa sobre proyectos como el suyo-, se mostró duro: “El papel de los periodistas no debe ser esperar a que te lleguen filtraciones”. Y mucho hablar de los medios pero, ¿qué papel juegan los lectores y ciudadanos en todo esto?
Pues casi el más importante. “Se está cociendo algo en la ciudadanía”, decía alguien en Twitter. El debate pudo seguirse en La Red -se habló poco de ella, por cierto- con el hashtag #wldebate, además de por streaming en las webs de El País y Periodismo Humano. Muy activos estuvieron los internautas y pocas de sus preguntas se vieron trasladadas al moderador, Ignacio Escolar, cuyo discreto papel fue de agradecer. Aunque sí demostraron, como inquirió la periodista Rosa María Artal, micro en mano desde el patio de butacas, un incipiente “estímulo del pensamiento crítico” de la sociedad ante revelaciones de tal calibre. “Hay hambre de realidad más allá del runrún de la política”,soltaba otro veterano presente, Ramón Lobo en Twitter.
Del encuentro con estos profesionales y al que mucha gente no pudo entrar -Caixaforum habilitó tres salas más con pantallas para aquellos que se quedaron fuera del auditorio, en el que cabían unas 750 personas-, sacamos varias conclusiones. Una, muy práctica: el “You ask, we search” que The Guardian practica para que quien quiera se convierta en buscador de temas en el océano de Wikileaks. La otra, más metafísica: el debate sobre la profesión y el shock que ha supuesto, sin distinciones, para la prensa -y con esto, como se apuntaba en el estrado, hablamos de todo tipo de formatos y medios- el pasar al otro lado de la raya y asistir como espectador a un cambio en la profesión. Esto, como pasa con la justicia, se irá construyendo revulsivo a revulsivo. El periodismo es así.
* Crónica publicada en 1001medios
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Filosofía, truco o trato

Nos extrañamos de que la diplomacia y los servicios secretos hagan (bien o mal) su trabajo. ¿Que se exceden? Claro. ¿Que no son lo que aparentan? Por supuesto. Si no, no sacarían nada aprovechable de este mundo de suspicacias políticas y poderes fácticos; si no, no tendrían los Estados sus estrategias y movimientos de ficha preparados para pisotear al de enfrente. Conocer cómo se las gastan, no obstante, es indispensable para saber a qué atenernos.

Las filtraciones de Wikileaks nos devuelven la emoción de la Guerra Fría, cables mediante, y nos recuerdan que aún hay dónde rascar. De paso, además, nos tiran del pelo a los del gremio (periodístico) poniéndonos en bandeja los datos que no somos capaces de conseguir. ¿O no queremos hacerlo? Duda razonable. Es un estímulo, pero también un cómodo servicio externalizado al que muchos podrían acostumbrarse. Hay que tener cuidado con eso.

Y con lo que se nos da. Para eso estamos, para decidir si las fuentes que dicen que Ali Khamenei padece un cáncer terminal son solventes; o para interpretar correctamente los seguimientos a Erdogan y al hermano de Karzai y la triple cara de los gobernantes árabes. Lo de los cotilleos quedará (o no) para la anécdota si el buceo da frutos elaborados de entidad. Que los dará, gracias al buen hacer de los elegidos y de otros tantos.

El ‘pero’ hay que ponérselo ahora a Assange, reconvertido (¿por qué?) en racionador de exclusivas. Soltar en bruto tanta información, sin tratar, no es bueno, dicen algunos. Es cuestionable: ¿No era el objetivo que cualquiera pudiera acceder a los datos? ¿No era esa la filosofía? ¿En qué quedamos? Los embargos y fascículos están creando una ansiedad innecesaria en gente que a lo mejor ni siquiera se leería lo divulgado de una tacada.

Lo que está claro es que la palabra confidencial no significa nada hoy en día. Es difícil mantener algo en secreto con tantas manos tocando y tantos ojos mirando. Batman y Robin y la nueva Ortografia (de todos los Santos) lo han sufrido en sus propias carnes, de ahí el frenazo y la marcha atrás. Pudo haber sido un globo sonda también lo del sacaleches, pero ya está en las tiendas; quizá el anuncio de la izquierda abertzale, también: no lo parece.

Pero se han posicionado igual de bien que el aceite virgen, los condones y los encantos retocados de cierta presentadora, palabras clave que han colapsado días atrás telediarios y topics como cortinas de humo. ¿Hablarían de todas esas cosas los empresarios of the word? En esa mesa con forma de U se pudo hasta cerrar un tratado de paz en línea directa con Kim Jong-Il (y descendencia). Para eso gobiernan el planeta. Pura magia, que diría Matute.

Por arte de idem el PP se convierte en tercera fuerza en Cataluña y Rosa Díez obtiene menos votos que el partido pirata. El resto era previsible: Mas da saltitos de alegría a pesar de la soledad. Si Leslie Nielsen hubiera hecho una película sobre las elecciones habría sacado un partido tremendo al material audiovisual de la campaña, pero también a la próxima cumbre del G-20. Imaginemos a todos esos líderes, cara a cara, después de lo de Wikileaks…

El único que se salva de la quema sigue siendo el Rey, al que ya le van dedicando amplios reportajes premonitorios por sus 35 años de reinado. Pero ese ya es otro tema…

(II)

* Hagamos un comentario, por si no quedaba claro. Lo que está haciendo El País es un trabajo magnífico y ha tenido la suerte de ser uno de los elegidos, como he dicho anteriormente. Por otro lado, no hacerse eco o menospreciar una información de este tipo es un error, a mi juicio. Y que Wikileaks lo haya pasado a ciertos medios hace algunas semanas, además de ser una decisión propia y respetable, es una buena manera de que los datos se ofrezcan a la gente de forma analizada y desgranada, además de filtrada con rigor periodístico.

Otra cosa muy distinta es que Assange y compañía hayan decidido, esta vez, no colgar el material el bruto en sus servidores, no ‘liberarlo’ para conocimiento general al tiempo que han empezado las publicaciones en la prensa, siendo que esa era su filosofía inicial: y hablo siempre en relación al ciudadano de a pie, no en relación a los demás medios o a los periodistas. Aún no sé si estoy de acuerdo con esta estrategia, de ahí el post.

Ponerse las pilas

Un par de horas antes de que diera comienzo el 29-S la gran manifestación sindical en Madrid, sólo los pasquines de llamada al paro emergían del asfalto en el centro de la capital como testigos mudos de la movilización pre y post. Curioso que el papel aún juegue un idem fundamental en la motivación de la gente, o que al menos lo repartamos por ahí como análogo de consignas vía tweet o sms, que un día estuvieron de moda para esto. Curioso resulta también que algún periódico se publicara, con portada excepcional, en versión física, y no en la digital, el día de autos. Por un momento, el pasado se hizo presente.

Lo pensarían unos cuantos viendo además, horas después, las imágenes del sitiado Correa y a Isabel Pantoja entonando con garra el “Hoy quiero confesaaar” que abrió según qué telediario al conocerse que la (operación) Malaya iba a ser su peor pesadilla. El que no duerme muy bien estos días es el alcalde de Moncloa; claro, sueña con primarias, reformas y montillas, y no siempre por este orden. No sabe a quién hacer más caso, al ángel o al demonio. Menos mal que aún puede distraerse cuando llega a casa y pone la televisión, de realities llena y ciclistas con problemas repleta. Pensando en ser el próximo anfitrión de ¿Quién vive ahí?

Los sondeos (le) auguran un futuro (in)cierto, aunque el “ya veremos”, que propugna desde el sitio periodístico José Luis Orihuela, está aún arraigado en las voluntades partidistas, en general. Nadie quiere estrellarse ni, mucho menos, pretende matarse, a lo Segway, manejando su propio invento. Los que informamos tampoco, por eso, como quedó claro en la última de Café y Periodismo: necesitamos llevar cabo un repaso constante de lo que hacemos, saber qué regates debemos construir ante la caída de un modelo caduco al segundo, entender que la angustia es la que nos guía. Replantearnos el ‘cómo’; porque el ‘qué’ lo tenemos claro.

¿Hablamos de política o de periodismo? Quizá de uno, o quizá de los dos. Las herramientas del presente son, en cualquier caso, las que facilitarán que dentro de unos años no hayamos perdido el norte, que nuestra “firma” cruce fronteras invisibles y la identidad personal no quede difuminada en una maraña de lemas, editoriales o ministeriales. Todo esto, para que conste, está bendecido por el Altísimo, por Mario Tascón y por Virginia Pérez Alonso, entre otros expertos. Pero que no cunda el pánico, en la famosa libreta del editor de Diximedia no había escritas frases bíblicas, sino pautas para salvar la “desintermediación”: fuentes.

Ideas, suponemos, también. ¿Conclusiones? Pues modelos ideológicos y de negocio descartados y con Murdoch y Orbyt en otra dimensión -ojo al Nonprofit journalism-, el debate inconcluso tira por la oportunidad del momento. Carpe Diem, Si bebes no conduzcas, Póntelo, pónselo, ya sabéis. Aunque nos equivoquemos y después todo nos suene, inconscientemente, a lo mismo. Aunque, parece mentira, acabemos hablando (otra vez) del pasado y de la I Guerra Mundial. Hagamos penitencia comunitaria en el próximo sarao endogámico y dejemos por sorpresa, como Twitter, los contadores a cero. Si no nos ponemos las pilas acabaremos enterrados vivos.


twitter / MirenM

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